LOS RASGOS DINÁMICOS DE LA COMUNICACIÓN
- Bases probabilísticas del futuro


Bernardo Díaz Nosty
nosty@uma.es

Santiago de Compostela, 2000.

La observación continuada de la naturaleza permitía a las sociedades antiguas averiguar los ciclos de los cambios y predecir un futuro que se dibujaba, en gran medida, como la repetición en el tiempo de fenómenos ya conocidos. Aquí, la acción prospectiva era más una excursión a través del camino trillado de la memoria, en un tiempo en el que la realidad, en su plano social, era escasamente evolucionada y estática. La dinámica de la historia como concepto, en un sentido dialéctico, encuentra en la edad contemporánea su máxima expresión ideológica, especialmente en las doctrinas basadas en la democracia igualitarista. El ser humano, como ser social, se erige en dueño de sus destinos, en constructor de su propio futuro. La innovación social así entendida, como manifestación de la creatividad colectiva, capaz de desencadenar la transformación y hacer realidad la voluntad de progreso de los pueblos, está dejando paso a un nuevo concepto del cambio, asociado a los valores del mercado, a las modas y a las inducciones del consumo.

Precisamente, o tal vez por ello, cuando la capacidad de innovación social, en términos de cultura democrática, se puede ver acompañada por el desarrollo tecnológico, es el mercado, a través de la moda tecnológica, quien define y modula los rasgos más amplios de la innovación. La diferencia radica en que la innovación social tiene su núcleo decisorio en instituciones próximas, mientras que las inducciones de la moda tecnológica no tienen una fuente reconocible y se desdibujan entre las nuevas estructuras de poder. El mercado regula y modula el cambio.

Hoy, prever, predecir, establecer escenarios prospectivos con un mínimo basamento científico parte de una nueva y más compleja concepción del futuro, porque el presente es también más complejo y los vectores del cambio conocidos han aumentado significativamente y están relacionados entre sí. A lo sumo, especialmente en un campo tan variable y volátil como el de la comunicación, se pueden abrir trazados para los próximos diez años, esto es, para la primera década del nuevo siglo. Ir más allá, no sólo sería una temeridad intelectual, sino una especulación sin argumentos claros, a sabiendas de que, entre las múltiples variables que definen la dinámica del sistema de medios, están las tecnológicas cuyos atributos de novedad son impredecibles. Tampoco es recomendable la proyección, más allá de un tiempo prudente, de valores de pensamiento en crisis, ya que aumentan los sesgos subjetivos en la previsión del futuro.

No obstante, a pesar de todas las cautelas, hay claras tendencias de desarrollo del mundo de los medios, las industrias culturales y, en gran medida, del nuevo espectro envolvente de la comunicación que permiten centrar el análisis en términos probabilísticos. El nacimiento de la nueva era tecnológica –la impregnación tecnológica de la vida social- fue anunciada en décadas pasadas por una literatura posibilista, verdadera filosofía de acompañamiento que definía el cambio como una respuesta muy precisa a los anhelos de innovación social. Superada esa fase de creación de lo que se ha dado en llamar la cultura tecnológica, hoy predominan sobre los textos idealizantes los manuales de usuario, como guía que limita la innovación a los términos del ciclo tecnológico y a las pautas del mercado. El posibilismo se reduce, en términos de expresión de consumo, al probabilismo que dictan las leyes del mercado.

Bases probabilistas del futuro

Desde esta concepción probabilista, el futuro inmediato aparece vinculado, como no podía ser de otra manera, a los valores e intereses que hoy son dominantes, y se proyectan en un ambiente de aceptación social y escasa actividad crítica. El conservadurismo inherente al escenario de partida elimina, sin duda, riesgos y permite basar las estrategias de futuro en espacios concretos como el de la comunicación.

1. La globalización de la economía, el carácter cambiante de los usos tecnológicos y la relación de las grandes industrias culturales con la creación de los valores estándar de la sociedad, anuncian que las tendencias, necesariamente, se van a decidir, cada vez más, en planos externos a lo que hoy se entiende por escenarios nacionales.

2. El cambio de las extensiones mediáticas de la comunicación conlleva la aparición de nuevos lenguajes relacionados con el plano ideológico, esto es con los mecanismos de construcción de la cosmovisión individual y social. La creación ideológica del imaginario colectivo, que siempre apeló a recursos virtuales de representación, que tuvo en los medios una expresión descrita como la “construcción de la realidad” más inmediata, se ve ahora asistida por soluciones tecnológicas que van más allá y permiten crear un complejo y envolvente orden virtual. Una arquitectura poderosa y en constante evolución, determinante, en buena medida, de la actividad y del ocio, que establece nuevas pautas de control social a través de la interacción personalizada con el individuo.

3. La aparición de un hipersector de la información y de la comunicación, como núcleo central de la nueva era tecnológica, atrae a las corporaciones de referencia de la vida económica hacia esta actividad, con lo que no sólo se engullen a los medios de comunicación, sino que hacen variar su función social y el valor institucional de éstos según la concepción de la pluralidad y del derecho a la información establecida por el Estado democrático.

En el plano nacional, la presencia de los principales grupos económicos y financieros en las operaciones del sector de la comunicación ha limitado, en buena medida, la fragilidad del sistema de medios, haciéndolo menos vulnerable a las iniciativas externas. Sin embargo, en lo que se refiere a la producción de contenidos, se advierte un interés mucho menor, por lo que las infraestructuras que ahora se crean, además de atender las aplicaciones locales extramediáticas, se pueden convertir en un soporte idóneo para la circulación de las grandes productoras audiovisuales del mundo.

La apuesta estratégica de los nuevos grupos se proyecta sobre un mercado fragmentado y pequeño en términos demográficos, en el que las posibilidades de expansión no alcanzan a colmar las expectativas últimas de crecimiento. Estas limitaciones están empezando a generar dos movimientos.

a) El primero, de carácter centrípeto, tiende a la concentración del mercado en torno a vínculos accionariales, alianzas y plataformas que, en el caso de España, podrían confluir en dos posiciones dominantes, no necesariamente integradas por intereses netamente locales.

b) El segundo, centrífugo, busca en espacios geográficos externos, fundamentalmente en América Latina, donde los grupos económicos y financieros relacionados con la comunicación han realizado fuertes inversiones, un campo natural de expansión no sujeto a barreras lingüísticas o culturales.

La consolidación del marco supranacional europeo permite prever un proceso de convergencia de las políticas nacionales en materia de comunicación, información y cultura. Estas pautas serán más acentuadas en los medios y expresiones de titularidad pública, orientados hacia soluciones distintas a las que ofrecen los numerosos operadores comerciales.

Los nuevos paradigmas de la comunicación hablan de estructuras de difusión y realimentación que propenden a la conversión de la oferta generalista en canalizaciones diferenciadas de los contenidos, con lo que se asistirá a la transformación del concepto de “gran público” del escenario precedente en el de “públicos”, que es el que se atiene a los relieves de la especialización temática y sociocultural.

Los análisis prospectivos sobre las prácticas de consumo revelan, en los países más desarrollados social y económicamente, matices refractarios en la relación de las nuevas generaciones con los medios convencionales. La importancia de la experiencia audiovisual en el proceso de aprendizaje y socialización, antes más centrado en la familia y en la escuela, comienza a provocar expresiones de rechazo, que se manifiesta en la crítica de los valores que exhiben los medios y en la búsqueda de alternativas culturales de ocio y consumo. Esta actividad aparece relacionada directamente con la formación y la capacidad adquisitiva.

El proceso de transformación de los medios generalistas y la implantación progresiva de un principio amplio de pago por consumo lleva, necesariamente, a un cambio en la cultura de las audiencias. Se acentuará el nivel de exigencia en base a dos factores:

a) La incorporación a los núcleos centrales del consumo de generaciones más instruidas, con cultura tecnológica y mediática y valores de demanda mejor definidos.

b) La razonable desaparición del conformismo y la pasividad de la audiencia, derivada del fin de la gratuidad y el pago por el servicio.

Las transformaciones en curso, que requieren inversiones en infraestructuras de comunicación y equipamientos de diálogo entre emisores y receptores, dibujan un panorama distinto en las prácticas mediáticas, en las relaciones y en el papel de los actores y agentes del proceso comunicativo. La capacidad de los nuevos usos tecnológicos, que siguen un curso dinámico de evolución, no alcanzará su plenitud sin el desarrollo de la investigación aplicada, porque no es posible gestionar usos tecnológicos nuevos con conceptos y estrategias viejas. Investigación centrada, entre otros, en los siguientes aspectos:

a) Creación de lenguajes y desarrollos retóricos ajustados a las posibilidades expresivas que ofrecen los nuevos soportes.

b) Adaptación de los lenguajes a los distintos públicos y espacios territoriales.

c)  Estudio de las relaciones y efectos en una etapa que tiende a una mayor interacción y realimentación en el proceso comunicativo.

d) Análisis de la evolución de la demanda, en términos de sensibilidad cultural, y no sólo como expresión cuantitativa de los consumos.

e)  Consideración, en términos de salubridad social, del fenómeno “impacto comunicacional”, como medición sociológica de los efectos de la expresión mediática.

El plano público de la comunicación

El siglo XXI concluye, paradójicamente, con parcelas, entre las que se cuenta la comunicación, que, a pesar de su decisiva influencia en la vida social, presentan debilidades en términos de cultura y gestión democráticas. A las carencias en materia de políticas informativas capaces de garantizar, en los nuevos escenarios, la libertad de expresión, el derecho a la información o a impedir la posición abusiva del discurso, hay que añadir la difícil situación de los medios de titularidad pública que, en países como España, operan lejos del concepto de servicio público para el que fueron creados.

Es previsible, ya que en ello coinciden algunos modelos europeos que parecen animar el espíritu normativo supranacional de la UE, el establecimiento, en un futuro próximo, de estándares de calidad y gama de contenidos que delimiten el concepto de servicio público audiovisual. Además, en un horizonte sectorial descrito por la tematización, el valor de lo público se enriquece con nuevas vías de exploración audiovisual. Esto puede suponer que del amplio espectro de la televisión generalista, que el audiovisual público cribe aquellos contenidos que son extraños al criterio de servicio o que carezcan de la dignidad que se supone a la gestión informativa, cultural y de ocio hecha en gran medida con dinero público.

La presencia en las grandes corporaciones de la comunicación de intereses determinantes de los contenidos y la propia filosofía de la explotación comercial obligan, como higiene social, cultural y política, y como complemento de la oferta mediática, a un esfuerzo de innovación, creatividad e independencia que hoy no ha alcanzado a los medios públicos, aunque estos objetivos sean, en gran medida, los que pueden justificar su pervivencia.

Comunicación de dos velocidades

El acceso a la información, el uso de soportes y canales, la plena disposición individual y social de los nuevos recursos están sujetos a velocidades definidas, entre otras razones, por una determinante: la capacidad adquisitiva.

Hay otros conceptos de velocidad en el desarrollo de la comunicación definidos en términos ideológicos, conceptuales y de organización social. El referido carácter dinámico de las tecnologías amplía considerablemente la capacidad de comunicar, algo que, en el espacio de la comunicación mediática, significa el crecimiento exponencial de los canales, de la capacidad de los soportes y de los flujos informativos; la conversión de los receptores domésticos en poderosos terminales multimedia; la superación de las barreras físicas en la distribución de las señales, etc., etc.

Esta velocidad, de la ingeniería, de la técnica, en constante evolución, no se corresponde con la velocidad creativa en la producción de contenidos, ni siquiera en la activación de los reflejos de la innovación social como respuesta a las oportunidades del mercado.

El desarrollo tecnológico, que se presenta en ocasiones como un ente externo y extraño, con personalidad propia, ajeno al control de las instituciones –tecnología y progreso se han situado en el frontispicio indiscutible de las sociedades avanzadas-, va tan deprisa que, en gran medida, absorbe la creatividad histórica –una forma más de globalización-, la recicla y reconduce hacia los nuevos soportes. En muchas ocasiones, la urgencia exhibicionista lleva a agotar las posibilidades del medio por la pobreza de sus contenidos o su radical desajuste con los criterios de los comunicadores. Aquí, el medio degrada el mensaje. La velocidad tecnológica devora la comunicación.

La doble velocidad hace referencia al gap que separa al soporte del medio, a la ingeniería de la comunicación, al mercado de la sociedad. Muchos de los temores e incertidumbres de las nuevas experiencias, fundamentalmente en los ámbitos del cable, plataformas digitales, etc., tienen que ver con esa doble velocidad. Entre los cien canales de una oferta repetitiva y escasamente novedosa y una demanda, a la vez que unos recursos de producción, evaluables en términos más discretos y selectivos de comunicación.

Con frecuencia se confunde en la legislación local la evolución tecnológica con los contenidos, de modo que se supedita el necesario amparo normativo –derecho a la información, protección de los menores, pluralidad de opiniones, etc.- a la dinámica del cambio tecnológico. Sin embargo, en Europa surge una corriente que trata de disociar entre la regulación normativa de los nuevos soportes y la de los contenidos, relacionados estos últimos con valores menos efímeros del espacio social, político y cultural.

La educación como comunicación

La transformación más profunda en el nuevo escenario de la comunicación está relacionada, sin embargo, con la aparición de recursos que, como Internet, permiten un diseño creativo del acceso al conocimiento y la aparición de nuevas formulaciones en el ámbito de las relaciones sociales.

La progresiva implantación de soluciones telemáticas en las escuelas y universidades, además de generalizar el uso de los nuevos recursos en los países más desarrollados, puede contribuir a la socialización de las nuevas generaciones en unas prácticas de consumo muchos más evolucionadas, selectivas y participativas de lo que hasta la fecha son los usos mediáticos convencionales, en los que la interacción de las audiencias, en las que destaca su carácter pasivo, es escasa o nula.

La entrada en la conocida como la era de la comunicación cambiará lógicamente la actual estructura de las audiencias. No parece sostenible la pervivencia de los valores que hoy alcanzan los medios convencionales, ya que la aparición de nuevos recursos y formas de consumo detraerán en el share multimediático parte de su actual cuota de mercado. Pero más que una persistencia de las actuales expresiones, los nuevos escenarios conocerán una progresiva evolución y adaptación de los medios a las extensiones comunicativas que nazcan de la innovación tecnológica.

Bernardo Díaz Nosty
Director del “Informe anual de la comunicación”.