'La libertad asediada'
Ángel Arnedo Gil
Director de ‘El Correo’
Málaga, 3 de Mayo de 2002 


Señoras, señores, amigos todos:

Orgullo y vergüenza. Ambos sentimientos, tan contradictorios como vividos, pugnan esta mañana en mí.  Honra incontenida por haber sido llamado a un foro de la categoría del que me acompaña; humillante sonrojo por tener que narrarles una desgarradora historia, para la que hemos sido elegidos protagonistas involuntarios yo y cuantos periodistas ejercen en el País Vasco, donde todavía existe una minoría fanática que es capaz de matar al prójimo por supuestos objetivos políticos.

Sitúense conmigo en el escenario de la tragedia. En una bucólica esquina del mapa, donde el Mar Cantábrico y la cordillera pirenaica se abrazan para alumbrar una pequeña región de apenas dos millones de habitantes llamada Euskadi, crece desde hace cuatro décadas, una mala hierba que pretende dejar estéril este suelo, arrancando de raíz sus fuentes de riqueza, su prestigio, su futuro, y lo que resultará más caro y difícil de replantar:  la esperanza y ese saber vivir que, desde siempre, ha caracterizado a los vascos.

Es el voraz fenómeno del terrorismo; reducido en seguidores -apenas un 10% de la población vasca lo respalda en las urnas-, inmenso en sus devastadoras consecuencias: 850 muertos, treinta de ellos niños; 84 secuestrados, centenares de viudas y huérfanos, miles de heridos, millones de euros enterrados con ellos bajo los escombros, edificios y familias destrozadas. Son únicamente los principales epígrafes de un listado escrito en sangrantes números rojos, y firmado por el fanatismo más salvaje: el de quienes pretenden que sus ideas separatistas sumen adeptos restando vidas y dividiendo a la sociedad.

Inexacta y perversa fórmula matemática es ésta, pócima venenosa más bien, aplicada por presuntos ideólogos, tan seguros de la verdad absoluta de su pensamiento, que optan por imponerlo en lugar de exponerlo.  Rehusan someterlo al siempre constructivo intercambio de pareceres que brinda el debate. Es más, ya no sólo responden con tiros a cualquier pregunta sobre su ideario. Desde hace cinco años, la banda terrorista ETA descarga sus iras y sus balas contra esos trabajadores que, por vocación o capricho del destino, comen de contar cuanto le pasa a Euskadi; una actualidad que los propios radicales se encargan de acaparar y de dirigir a su dañino antojo.

El día 24 de este mes de mayo, miles de personas dignas de esta no siempre merecida consideración cumpliremos un año llorando la ausencia de Santiago Oleaga. Director financiero del Diario Vasco de San Sebastián, esposo, padre, honesto amigo, igual trabajador, hombre de bien, y pocos defectos más, fue la víctima ejemplar que la organización armada escogió para anunciar a los empleados de los medios de comunicación españoles, y de los de la Euskadi democrática en particular, que todos, sin excepción, figuran en su macabra agenda. Muchos, con nombre y apellidos; bastantes, con dirección; y alguno, hasta con fecha para una cita a ciegas y por la espalda.

En un régimen de libertades donde la Constitución vela para que ningún ciudadano se sienta distinto en el desarrollo de su cotidianidad, los terroristas se arrogan la misión de garantizar la igualdad ante el crimen.  Ya no distinguen por razón de cargo, ni ideología, ni en función de sensibilidades, aun menos de la edad o la clase social; la espiral del pánico sabe que atrapa más fuerte cuanto más cercana y real se percibe su presencia, cuantas más vidas vecinas coloniza y con más crueldad las arruina.  Por eso, desde los directores, hasta redactores, colaboradores, publicistas, contables incluso repartidores y plumas aprendices sin apenas alas para empezar a volar debemos asumir ahora que la nuestra es una profesión de alto riesgo, que exige jugar al escondite con la muerte antes de arrancar el coche, renunciar al deseo de pasear con la familia, al placer de una cena con los amigos o a la comodidad de la rutina.

Bohemia, imprevisible, independiente por necesidad, la libertad de expresión lleva escolta en el País Vasco, y la propia ETA se encarga de recordar que no se la puede dejar un instante sola. Además de la de Santiago, nos ha robado desde 1978 la valiosa presencia de otros dos portadores de información: José María Portell, redactor-jefe de las desaparecidas Gaceta del Norte y director de la Hoja del Lunes de Bilbao, y José Luis López de la Calle, columnista del diario El Mundo. Y lo ha intentando con otros muchos, de las más sórdidas y macabras maneras; cuidando hasta el más escabroso detalle para no fallar el tiro.  Pero la suerte prefirió aliarse en el último momento con los inocentes.

Sin hurgar demasiado profundo en la memoria, el pasado 17 de Enero, el director de RNE en el País Vasco, la delegada territorial de Antena 3 Televisión y el vicepresidente del Grupo Correo/Prensa Española recibieron en sus domicilios la notificación escrita de que eran personas non gratas para la banda armada. El explícito aviso postal se acompañaba de 150 gramos de dinamita para cada uno.  Suficientes para cumplir su objetivo letal, si no hubiera sido porque el estado de permanente desconfianza y sospecha que atormenta y diezma la vida cotidiana en Euskadi les permitió, esta vez, salvarla. Gorka Landaburu pagó contra reembolso por su revista-bomba dos dedos de su mano derecha y tres de la izquierda, y al locutor Carlos Herrera, una traicionera caja de puros le costo un año de exilio en Estados Unidos. A otro de los locutores de mayor prestigio en la radio española, Luis del Olmo, le salvó de un atentado un policía dando su propia vida.

No ha sido el único. La violencia depredadora sojuzga y condena a los tutores de la palabra a sobrevivir presos del miedo. Pero un periodista se siente tan mutilado sin bolígrafo como sin manos. Por eso, muchos han preferido conmutar su pena de privación de libertad por otra de destierro. Son ya más de una docena los comunicadores vascos que han dado el doloroso paso de abandonar la patria a la que habían decidido entregar su ilusión y su trabajo, y que, casualidad, es la misma que los asesinos dicen salvaguardar ahuyentando los currículums más sobresalientes. Basten los ejemplos de la redactora del diario El País Aurora Intxausti, y del de Antena 3 Juan Francisco Palomo. El matrimonio y su hijo de un año consiguieron alejar la tragedia una mañana de 2000, cuando ya había subido hasta la puerta de su casa de San Sebastián disfrazada de maceta.

Semejante ambiente de emboscada y persecución se hace todavía más real para el que lo sufre, e increíble para el que escucha su relato, a través de reiterados ataques a las delegaciones de los medios de comunicación, quema de furgonetas de reparto de prensa, asalto de unidades móviles, pintadas y carteles amenazantes, manifestaciones intimidatorias ante las redacciones y los domicilios particulares, miradas retadoras en plena calle. Desafíos, bestialidades y despropósitos sobrados para hacer de la Comunidad Autónoma Vasca un estado de excepción, una excepción en mitad de un próspero continente europeo donde las instituciones, la tecnología y las finanzas se esfuerzan por perfeccionar, acelerar y ampliar un derecho a la información que apenas nadie cuestiona y casi todos respetan, seguros de que aún no se conoce otra facultad que separe con tanta nitidez la especie humana de la animal.

En el momento en que es posible conversar en directo con las antípodas del planeta y oír pasos en la Luna; cuando los traductores digitales rompen las barreras idiomáticas y las autopistas de la información eliminan sus peajes, en el País Vasco todavía hay que elegir entre la palabra o la vida; aún se canjea la libertad de expresión por la del periodista que la práctica. No obstante, semejante extorsión y distorsión de la noticia no es sino un reconocimiento explícito por parte de ETA del escandaloso fracaso de su mortífera estrategia. Sabedora de la falta de respaldo social que padece, de las náuseas que provoca en la opinión pública y de que sus golpes de efecto acaban rebotando contra ella, la facción terrorista quiere amordazar a los portavoces de la opinión pública y culparles de su ostracismo y soledad. Una medida en absoluto original, toda vez que es sintomático de las patologías dictatoriales convertir los periódicos en panfletos, y en cadáveres a los disidentes; en un insolente desprecio del raciocinio y capacidad crítica de los ciudadanos y ciudadanas a los que pretenden someter.

A estas personas y a estos secuestradores del pensamiento, les puedo dar mi palabra, por más prisionera que esté, de que el estruendo de la dinamita y los impactos de la pólvora no silenciarán nuestras voces.  No causarán interferencias en nuestra nítida apuesta por la noticia. La libertad de expresión nace con el hombre, pero no muere con él. Al contrario, grita más alto y se hace fuerte cuando se la coarta; contesta a las bombas destructoras con verdades aplastantes y argumentos demoledores.

Para el que no tiene nade que decir y mucho que ocultar, siempre sobran las palabras. Molestan. Pero quienes creemos en la comunicación como instrumento secular de desarrollo, por cuanto hace participe al resto de la humanidad del progreso individual, evita caer en los errores que otros ya han superado y pone en conexión pueblos separados por la distancia y la costumbre; quienes consideramos que el lenguaje de las armas es el único que ningún ser inteligente puede llegar jamás a entender ni hablar, seguiremos con nuestros lápices y nuestros micrófonos en alto, apuntando cuantos horrores sucedan y haciendo llegar la onda expansiva de la noticia lo más lejos posible.

ETA debe saber que a nadie le repugna más contar el drama de Euskadi que a los profesionales que hemos nacido y queremos continuar creciendo en ella. Pero no es el medio el que debe cambiar, sino el  mensaje. Y ese mensaje no lo escribe el redactor, sino quien un sábado aparca un explosivo junto a un centro comercial atestado de clientes, quien hace volar por los aires el trabajo de varias generaciones al detonar una fábrica familiar, quien corta la carrera de un joven deportista a la altura de su ingle o quien obliga a un padre a marchar de este mundo antes de ver a su hijo abrir los ojos en él.

Huelga decir que las primeras planas de los periódicos prestan un poderoso instrumento publicitario a los violentos; que las aperturas de los noticiarios sirven como potente amplificador de sus campañas de pavor. No es menos evidente que los decanos de la metralla dominan las reglas de la valoración informativa y planifican sus atrocidades siguiendo sus recomendaciones: cuanto más inhumanas, más originales y más crueles resultan; más largas y mejores renglones consiguen. Sin embargo, aunque el instinto y el odio aconsejen ignorarlas, su compromiso con el oficio y su responsabilidad como borrador de la historia obligan al periodista a informar también de aquellas acciones que ensucian las rotativas y ensombrecen las pantallas.

No es fácil dejar los adjetivos fuera de la noticia en nombre de la objetividad, toda vez que, antes que a redactar, los artesanos de la palabra aprendimos a ser personas y a dejar hablar a los sentimientos.  Además, se torna imposible mirar desde fuera un conflicto cuando te salpican las lágrimas y el titadine dinamita tus sueños. Los tuyos, los de tu familia, los de tus amigos o los de tus compañeros de profesión.  Por eso, y en nombre de todos ellos, el comunicador debe ponerse al servicio de la verdad, pero en ningún caso ceder a la indiferencia, que es sinónimo de complicidad.

Por más que los manuales del oficio lo indiquen desde su primera lección, frente al sufrimiento impuesto y la maldad asesina, no cabe equidistancia. Tampoco sangre fría mientras la de los inocentes se derrama, aún caliente, sobre el asfalto. No resultaría en absoluto ético, pero sí demasiado cobarde. La neutralidad se convierte en una inadmisible excusa si son la vida y las libertades las que se chantajean. Es misión de los medios de comunicación tutelar los derechos consagrados como fundamentales y prestar los mayores titulares para dejar claro al mundo y a nuestros descendientes quiénes fueron las víctimas indeseadas y quiénes los verdugos indeseables. 

Ahora bien, cómo exigirle a un trabajador que se exponga a sufrir el dolor que relata, a pasar de narrar una historia a no poder contar la suya.  Cómo pedirle que firme la que puede ser la crónica de su muerte anunciada. El ejercicio de la labor informativa requiere en Euskadi un elevado plus de coraje, sólo asumible a condición de saberse compartido. De ahí la transcendencia de actos como este encuentro y de fechas como la de hoy.  Es 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa, que la Unesco y la ONU han subtitulado este año Terrorismo, libertad de expresión, libertad de prensa.

Muy poco invita a festejar y mucho a lamentar un lema como éste.  Máxime, después de recordar que 59 trabajadores de medios informativos fueron asesinados a lo largo de 2001, y uno de ellos, nuestro compañero Santiago, dentro de las fronteras españolas. Sin embargo, y pese a que el duelo sigue en el ánimo y en las ánimas, en las empresas de comunicación vascas se celebra esta jornada con dichosa esperanza, como una bocanada de aire fresco en un contexto irrespirable. El hecho de que el planeta entero, más de 18.000 periódicos, se detengan 24 horas a reflexionar acerca de los ataques contra las columnas de los diarios constituye la constatación de que, al otro lado de ese muro de intolerancia contra el que rebotan nuestros mensajes, hay otras muchas voces que ejercen presión por derribarlo y devolver la opinión a su estado vital de libertad.

Y es que no puede obviarse que la expresión de las ideas deja de existir tan pronto se sabe amenazada.  No vale usar medias tintas para escribir noticias. La información vive cuando es escrupulosamente independiente; y perece cuando se le ata una cadena. Al perder autonomía de movimientos para contemplar los hechos desde todas sus posibles perspectivas, deja de latir en ella el pulso de la actualidad y muere.  El periodismo navega océanos, escala montañas, se desliza sobre el hielo de los polos y camina descalzo sobre el desierto, pero no pasa entre los barrotes de los absolutismos inquisitoriales.  Se hace por eso urgente actuar en Euskadi; los casquillos obstruyen ya las arterias del libre flujo de comunicación y, en muy poco tiempo, pueden taponarlas por completo y sin remedio.

No obstante, y deseo insistir en esto, aunque a los informadores les incomoda la sombra del guardaespaldas, necesitan sentir el respaldo de sus colegas, de las autoridades y de la opinión pública en su globalidad. Un apoyo, eso sí, comprometido y tangible. Porque, si es la palabra la que se encuentra presa, no bastan más palabras para liberarla. Hacen falta hechos. Cada uno desde su estrato social, a todos los niveles, hasta tender una escalera que permita salir a flote a la opinión y la paz. Si los españoles lo consiguieron hace casi tres décadas, si un día lograron leer en primera plana que la Democracia había regresado a su Estado; también ahora han de poder detener a aquellos que, a través de sus bombas, amenazan con devolver el País Vasco al tiempo prehistórico en el que las tribus se comunicaban mediante señales de humo.

Reclamamos, en primer lugar, el compromiso de los poderes políticos, que, bastantes veces – y no siempre sin quererlo -, enfocan el objetivo de los terroristas hacia los informadores. De ellos cabe esperar mucho más que un rostro compungido al final de un funeral. En sus manos está poner los medios policiales y legales para censurar la censura. También la justicia tienen bastante que decir y un código penal que aplicar. Y la sociedad. De ella vienen y a ella se dirigen nuestros mensajes.  Pero, para continuar como altavoz de todos los ciudadanos, el periodismo precisa escuchar ahora en labios de cada uno de ellos un decidido rechazo a cualquier versión de fascismo que, persuadida de que tiene la última palabra sobre el futuro del País Vasco, corre a aniquilar todas las demás.

Para captar militantes activos de la libertad de expresión, eso sí, no es suficiente defenderla.  Hay que contagiarla, de manera que la epidemia de normalidad informativa se extienda de boca en boca y asole la intransigencia de los asesinos; de forma que quienes reciben la crónica lamenten su falta tanto como quienes la emiten. Con esta voluntad, la Asociación Mundial de Periódicos, WAN, ha organizado en Bogotá una conferencia titulada Los medios informativos en peligro, similar a la que, el pasado 14 de septiembre, convocó en Bilbao, bajo el emblema Terrorismo contra los Medios Informativos. Más de 250 representantes de influyentes cabeceras internacionales fueron testigos directos del arrojo de profesionales que han de proteger su firma blindándola con un seudónimo o cambiar de sección y residencia para sortear el acoso de sus inquisidores.

A cambio de llevarse estos testimonios, los asistentes al simposium nos dejaron su solidaridad.  Un poderoso estímulo para reafirmarnos en que merece la pena -y es grande la que padecemos- jugarse la vida para ganar la partida a los terroristas y enseñarles las reglas del juego democrático.  Y, de paso, recordarles que la diversidad de culturas vigentes y la inteligencia reposada de la historia demuestran que, probablemente, el pensamiento único es el único equivocado.  Es hora de respetar todas y cada una de las sensibilidades y pareceres, para que el mañana no pueda reprocharnos que, además de errar el camino, borramos las marcas del que, en realidad, conducía al final del laberinto.

No hay palabras para describir el daño que el terrorismo inflige al modelo de progreso y modernidad que de antiguo ha liderado y dignificado al pueblo vasco. Pero nosotros las encontraremos. Armados de paciencia y de razones, escoltados por la humanidad y el sentido común, tragaremos las lagrimas que haga falta para dejar nuestra garganta libre y continuar hablando claro. Para seguir poniendo en evidencia que, cada vez que ETA da en el blanco, una enorme e imborrable mancha negra se extiende sobre el futuro de Euskadi.

Muchas gracias.