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En el documento marco de la Segunda Modernización de Andalucía,
no se hace ninguna mención a los medios de comunicación,
ni siquiera a los de titularidad públicos, que son los que
pueden contribuir a una transformación de la realidad acorde
con el desiderátum programático de la Junta. Esta
ausencia, constatada en las primeras definiciones estratégicas
del proyecto gubernamental, sólo es comprensible desde dos
consideraciones: una –poco probable-, el desconocimiento del papel
de los medios en los procesos de modernización; dos, el blindaje
y exclusión de los medios públicos del proyecto de
cambio, por su valor instrumental en el control político,
y, por consiguiente, como manifestación de las contradicciones
en la estrategia de modernización 18.
Gran parte de la tradición teórica de la comunicación
parte del análisis de los efectos de los medios en la sociedad,
esto es, del reconocimiento de su influencia; de su capacidad de
creación de opinión pública, generación
de modas, inducciones de conductas electorales y consumos comerciales...
Ignorar esta realidad, más aún cuando la comunicación
se ha convertido en una ‘institución’ central de la nueva
sociedad, resulta, cuando menos, inquietante.
El vínculo medios-modernización está permanentemente
presente en los análisis de la comunicación de masa,
con diferentes enfoques disciplinares y perspectivas ideológicas.
Se trata de una línea de reflexión teórica
y de una práctica política que recorre el siglo XX
y alcanza, ya en el XXI, un interés especial en los estudios
sobre la globalización. Es tras la segunda guerra mundial
cuando se conocen las primeras aplicaciones del fenómeno
del ‘difusionismo’, relacionado con los planteamientos económicos
de Rostow, que entendía que la difusión a través
de los medios de la innovación tecnológica y los instrumentos
del progreso podían activar o generar el desarrollo de los
pueblos más rezagados. Everette M. Rogers 19
y Floyd Schoemaker impulsan esta corriente conductista, con aplicaciones
en nuevos usos agrícolas, educativos, sanitarios, alimenticios,
administrativos, etc. 20,
apoyados por grandes fundaciones norteamericanas, como Ford o Rockefeller,
y organizaciones dependientes de las Naciones Unidas, como la FAO,
y la Organización de Estados Americanos.
Las
ideas de los 'difusionistas' norteamericanos sobre la modernización
a través de los medios fueron el origen de las políticas
de comunicación para el desarrollo y la democracia
aplicadas en América Latina. |
Buena parte de estas aplicaciones tuvieron por destinatarias
las naciones de América Latina, donde el teórico boliviano
Luis Ramiro Beltrán, seguidor de Everette Rogers 21,
fue uno de los primeros en plantear soluciones de comunicación
para el desarrollo 22.
Las debilidades del modelo, especialmente por haber sido concebido
desde una mentalidad y en un escenario de comunicación externo
y extraño 23,
obligaron a un replanteamiento conceptual a través de las
llamadas ‘políticas nacionales de comunicación’, que
vendrían a definir una línea argumental de gran alcance
enunciativo, convertida en el centro del debate de la Unesco en
los años 70 24
y, también, el origen de su crisis.
Las políticas nacionales, basadas en la idea de la comunicación
para el desarrollo, adolecieron, en muchos casos, de una escasa
vocación democrática, ya que fueron desarrolladas
por los Estados, con una limitada o nula colaboración de
los medios de comunicación privados. No obstante, sirvieron
a los teóricos para poner al descubierto los problemas de
la dependencia latinoamericana de los Estados Unidos, no sólo
en su economía, sino también en la creación
de contenidos para los medios, corriente en la que jugará
un papel determinante Armand Mattelart.
En la segunda mitad de los ochenta, en plena crisis económica,
se realimenta el discurso tecnológico a través de
un ‘neodifusionismo’ posibilista, que cifra en los nuevos usos tecnológicos
la redención social de la incultura y de lo arcaico: es la
sociedad de la información o del conocimiento 25.
Durante la última década, después las convulsiones
económicas y de las transiciones hacia la democracia en numerosos
países de la zona, se redefine un nuevo concepto de la comunicación
para el desarrollo, más próximo a la idea de comunicación
para la democracia, que toma como argumentos el cambio del escenario
tecnológico y la globalización. Por una parte, aparecen
los analistas que denuncian el ‘gap digital’, esto es, la profundización
en las desigualdades y la aparición de un nuevo analfabetismo
funcional 26, que
demandan políticas correctoras del retardo en los usos tecnológicos.
Pero, más allá de esta discriminación, están
quienes analizan la globalización desde el plano de las identidades
locales 27 y los
efectos sociales y culturales del fenómeno.
En ciertos aspectos, salvadas las distancias necesarias, la realidad
social andaluza tiene rasgos que la asemejan a los de algunas sociedades
latinoamericanas, en términos de dependencia económica,
retardos en el desarrollo, etc., pero aquí, en el ámbito
de la comunicación, no existe la amortiguación de
las políticas de comunicación, ni los medios poseen,
por regla general, autonomía de agenda y, los que la tienen,
especialmente los públicos, carecen de criterio de servicio
a la comunidad, al tiempo que se abandonan los medios locales a
una ‘espontaneidad’ desnaturalizadora 28.
Y es más llamativo este contraste si se parte de la idea
de que el primer hecho diferencial de Andalucía con el resto
de España es el retardo económico y cultural y que,
en términos de comunicación, opera una relación
de dependencia de la que solamente se escapan los medios públicos
y los locales.
Parece ineludible no sólo incorporar los medios públicos
a la acción modernizadora del gobierno de la Junta, sino
definir una aplicación específica, asentada en la
realidad andaluza, de las teorías sobre comunicación-modernización,
en la medida que encierran claves que operan sobre el cambio de
mentalidad y la adecuación sincrónica de la innovación
social a los procesos dinámicos de la evolución tecnológica.
Se trata de una cuestión central 29.
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18
El proyecto de la Segunda Modernización parece apostar más
por el empleo de la red como instrumento de diálogo social,
con la apertura de diversos foros de debate (abril de 2002), cuando
el número de usuarios de internet era, a finales de 2001, del
18,2 por ciento de la población, con pautas de consumo muy
probablemente sesgadas hacia soluciones de ocio y comunicación
interpersonal, ajenas a la reflexión y el debate político,
como se pone de manifiesto, por ejemplo, en la pobreza y la escasa
proyección de los foros abiertos en la página web del
PSOE-A.
19 Communication and development, Sage, Beverly Hills,
1976.
20 En el campo de las teorías de la comunicación
de los años 50 y 60, el vínculo medios-modernización
está presente, entre otros, en los trabajos de Wilburg Schramm,
Mass Media and National Developement, SUP, Stanford, 1964;
Daniel Lerner, The Passing of Traditional Society, Free Press,
Glencoe, 1958; Lucien Pye, Communications and Political Development,
Princenton U. Press, Princenton, 1963, etc.
21 Luis Ramiro Beltrán, que cursó estudios
en diversas universidades norteamericanas, fue discípulo de
David Berlo y Everette Rogers, con quien obtuvo el grado de doctor
en la Universidad del Estado de Michigan – Comunicación
y modernización fue su tesis-, y con ellos, especialmente
con Rogers, mantuvo una relación continuada y enriquecedora.
La aplicación de los postulados teóricos del ‘difusionismo’
en América Latina permiten a Rogers ver la inconveniencia de
la aplicación mecánica de la visión norteamericana,
descontextualizada de los ambientes del subdesarrollo, y la necesidad,
que comparte con Beltrán, de arbitrar soluciones locales, esto
es, ‘políticas nacionales de comunicación’, que suponen
una ruptura teórica con las corrientes funcionalistas dominantes
en los Estados Unidos.
22 En esta primera etapa son muy importantes las
aportaciones del brasileño Paulo Freire, muy vinculadas con
la acción pedagógica de los medios, el venezolano Antonio
Pascuali, etc.
23 Tal vez la raíz argumental en la que se
basa la crítica del ‘imperialismo cultural’ haya que buscarla
en Estados Unidos, en Herbert Schiller, autor, a finales de los sesenta,
de Mass Communications and American Empire (Kelley, Nueva
York, 1969). Armand Mattelart, desde Chile, va a ser uno de los activos
teóricos que denuncien la dependencia no sólo conceptual
del modelo, sino la dependencia cultural de América Latina
de las industrias culturales norteamericanas.
24 El informe McBride recoge en gran medida el tiempo
y el espíritu de las políticas nacionales (Unesco, Un
solo mundo, voces múltiples, México, 1980), que
en América Latina fueron encauzadas por gobiernos de diverso
talante democrático y apoyadas generalmente por los medios
y las organizaciones de base de la iglesia católica. La izquierda
partidaria de procesos revolucionarios no mostró mayor entusiasmo
hacia las políticas nacionales, por entender que los gobiernos
y los medios formaban parte de las estructuras de poder dominantes
y eran parte de los objetivos del cambio político.
25 Es el tiempo de los profetas de la sociedad de
la información -Masuda, McHale, Toffler, Negroponte, etc.-,
‘neodifusionistas’ de la redención tecnológica, voceros
del ‘tren que va a pasar’ y no se puede perder, constructores de la
‘utopía de la comunicación’, como la definió
Philippe Breton (L’utopie de la communication, La Découverte,
París, 1992).
26 El acceso a los nuevos medios tecnológicos,
como expresión de modas mercantiles, produce una discriminación
económica que excluye de la posibilidad del acceso al conocimiento
a amplias capas sociales. En este sentido se entiende el concepto
de ‘analfabetismo tecnológico’.
27 Son esclarecedoras las aportaciones de Néstor
García Canclini y reseñable el renovado espíritu
del veterano Martín-Barbero, especialmente en el papel que
asigna a la relación de los medios y la sociedad civil en los
procesos de modernización (más que llevar la comunicación
a las masas, vendría a decir, liberar a través de los
medios públicos la palabra de la sociedad civil).
28 Existe en América Latina una larga práctica
cultural de los llamados ‘medios comunitarios’, que tienen especial
incidencia en zonas deprimidas, donde la radio suele convertirse en
el único medio de socialización, modernización
y defensa de los valores de identidad cívica y cultural del
entorno. Las emisoras locales andaluzas, tanto de radio como de televisión,
a pesar de la ‘espontaneidad’ de su nacimiento, distan mucho del sentido
de necesidad y servicio público a la comunidad que prestan
los medios en Guatemala, Bolivia, naciones con una larga tradición
radial, o en amplias regiones de Colombia, México, Brasil,
Perú, etc.
29 En una visita a Andalucía, en noviembre
de 2001, para participar en el V Seminario de Comunicación
celebrado en Andujar (Jaén), Armand Mattelart mostró
públicamente su sorpresa por la naturaleza de los contenidos
de los medios públicos y su falta de compromiso con el desarrollo
de la comunidad autónoma. |
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