Primera parte del libro de Bernardo Díaz Nosty, Los medios y la modernización de Andalucía, Eds. Tiempo, Madrid, 2002 (ISBN: 84-930909-6-4).
 
1.2. Catalizadores de la innovación


Manifestaciones de estas paradojas se aprecian con frecuencia en nuestra realidad más próxima. Muchas, en el campo de los medios. Como no es posible ‘perder el tren’ de las nuevas tecnologías, el Gobierno autonómico invierte, sin una dirección estratégica clara, en infraestructuras. Transforma los estándares de sus emisoras de radio y televisión, habilita emisiones vía satélite, crea señales temáticas diferenciadas... Al final, ha ampliado significativamente el escaparate –más canales y ventanas-, pero, al no disociar en los objetivos tecnología y contenidos, se ve obligado a llenar ese ‘mostrador’ con productos de factorías externas o devaluar la calidad final con una oferta local pobre, escasamente competitiva en otros mercados y, por ende, ajena a los criterios de servicio o simple utilidad pública inicialmente propuestos.
La tecnologización es necesaria, pero no suficiente, en el proceso de modernización. Aparece aquélla como forma de pertenencia a una gran burbuja en la que los cambios están sujetos, por regla general, a estrategias externas al ámbito geográfico y político de un país o una comunidad autónoma –no ‘perder el tren’, porque viene de fuera...-, circunstancia que se acentúa en los territorios con escasa actividad investigadora y productiva y un bajo perfil de liderazgo económico. La estrategia local de modernización pasa, más bien, por la creación de catalizadores o aceleradores de la innovación social, para elevar el tono de su interlocución e, incluso, el mejor aprovechamiento de la innovación tecnológica.
En este sentido, hay una primera comprobación empírica, que se obtiene de la observación del desarrollo de la ‘sociedad del conocimiento’ en los últimos años. El despegue económico permite la adquisición de tecnología, pero no suficiente para alcanzar el nuevo estadio. La tecnología no produce ‘ciencia infusa’, aunque contribuye a la distribución del conocimiento. El conocimiento aprovecha mejor las herramientas tecnológicas allí donde hay conocimiento previo, donde existen las estructuras culturales y formativas más evolucionadas.

La estrategia local de modernización pasa por la creación de aceleradores de la innovación social, para elevar el tono de su interlocución y lograr el mejor aprovechamiento de la innovación tecnológica.

La obcecación tecnológica, esto es, la creencia en los valores modernizadores de la técnica, sin otras consideraciones de contextualización –la utopía de la California de Europa-, descubre rasgos de miopía política, en la medida que este hallazgo redentor no es exclusivo de un territorio, sino que tiene, ahora más que nunca, un carácter universal y se adaptará siempre mejor a las orografías definidas por la riqueza de sus relieves económicos y de conocimiento.
Las políticas tecnológicas se convierten, en algunos casos, en mecanismos de apertura de mercados para los productores de equipos y servicios. Luego, el propio mercado es el que opera con autonomía. El carácter innovador se confunde aquí con el valor comercial de la ‘moda’. La innovación/sorpresa se transforma en un instrumento/institución de gratificación del consumidor, esto es, en la fuente dominante del cambio, desde una matriz gestora ajena o externa a la política de proximidad. Tecnología sin cultura tecnológica no sólo no produce modernización, sino que puede convertirse en un agente paralizante, en una especie de ‘botellón tecnológico’, como aberración marginal de la mediación.
Cuando el mercado se impone en las políticas activas de modernización, la lógica expansiva de aquél genera efectos de exclusión social que desbaratan en parte los objetivos de transformación cultural. La permeabilidad de la diseminación tecnológica a través de circuitos definidos por la capacidad de compra de los usuarios, independientemente del lugar donde se ubiquen, abre una sombrilla que alberga, en condiciones de ‘primer mundo’, conurbaciones virtuales transitadas por quienes, en California o Bolivia, puedan pagar la entrada en la red. Ésa es la irreprochable lógica del mercado, pero no necesariamente de las políticas de convergencia y modernización, llamadas a una más amplia redistribución del conocimiento o a la remoción de los retardos tecnológicos y culturales.
Al contrario de lo que ocurre con ciertos planteamientos difusionistas, que crean estados de opinión favorables a la recepción de los nuevos usos tecnológicos, especialmente en naciones en vías de desarrollo, puede ocurrir que, en sociedades más evolucionadas, donde la tecnología alcanza consumos amplios o masivos, los consumos culturales derivados de esas nuevas prácticas de comunicación en el entorno digital muestren realidades asimismo bien diferenciadas, del mismo modo que, salvando las distancias, se daba entre las grandes salas de cine de estreno y las de los barrios periféricos. El número de usuarios no es, en términos culturales, tan determinante como el tipo de consumo que se hacen 3 .

 

 
3 Hay prácticas de la ‘sociedad de la información’ que llevan a consumos embrutecedores, cuando no a la negación del sentido comunicativo de dichos consumos, a lo que Sfez definió como el ‘tautismo social’ (Sfez, Lucien, Crítica de la comunicación, Amorrortu, Buenos Aires, 1995).