|
Manifestaciones de estas paradojas se aprecian con frecuencia en
nuestra realidad más próxima. Muchas, en el campo
de los medios. Como no es posible ‘perder el tren’ de las nuevas
tecnologías, el Gobierno autonómico invierte, sin
una dirección estratégica clara, en infraestructuras.
Transforma los estándares de sus emisoras de radio y televisión,
habilita emisiones vía satélite, crea señales
temáticas diferenciadas... Al final, ha ampliado significativamente
el escaparate –más canales y ventanas-, pero, al no disociar
en los objetivos tecnología y contenidos, se ve obligado
a llenar ese ‘mostrador’ con productos de factorías externas
o devaluar la calidad final con una oferta local pobre, escasamente
competitiva en otros mercados y, por ende, ajena a los criterios
de servicio o simple utilidad pública inicialmente propuestos.
La tecnologización es necesaria, pero no suficiente, en el
proceso de modernización. Aparece aquélla como forma
de pertenencia a una gran burbuja en la que los cambios están
sujetos, por regla general, a estrategias externas al ámbito
geográfico y político de un país o una comunidad
autónoma –no ‘perder el tren’, porque viene de fuera...-,
circunstancia que se acentúa en los territorios con escasa
actividad investigadora y productiva y un bajo perfil de liderazgo
económico. La estrategia local de modernización pasa,
más bien, por la creación de catalizadores o aceleradores
de la innovación social, para elevar el tono de su interlocución
e, incluso, el mejor aprovechamiento de la innovación tecnológica.
En este sentido, hay una primera comprobación empírica,
que se obtiene de la observación del desarrollo de la ‘sociedad
del conocimiento’ en los últimos años. El despegue
económico permite la adquisición de tecnología,
pero no suficiente para alcanzar el nuevo estadio. La tecnología
no produce ‘ciencia infusa’, aunque contribuye a la distribución
del conocimiento. El conocimiento aprovecha mejor las herramientas
tecnológicas allí donde hay conocimiento previo, donde
existen las estructuras culturales y formativas más evolucionadas.
La
estrategia local de modernización pasa por la creación
de aceleradores de la innovación social, para elevar
el tono de su interlocución y lograr el mejor aprovechamiento
de la innovación tecnológica. |
La obcecación tecnológica, esto es,
la creencia en los valores modernizadores de la técnica,
sin otras consideraciones de contextualización –la utopía
de la California de Europa-, descubre rasgos de miopía política,
en la medida que este hallazgo redentor no es exclusivo de un territorio,
sino que tiene, ahora más que nunca, un carácter universal
y se adaptará siempre mejor a las orografías definidas
por la riqueza de sus relieves económicos y de conocimiento.
Las políticas tecnológicas se convierten, en algunos
casos, en mecanismos de apertura de mercados para los productores
de equipos y servicios. Luego, el propio mercado es el que opera
con autonomía. El carácter innovador se confunde aquí
con el valor comercial de la ‘moda’. La innovación/sorpresa
se transforma en un instrumento/institución de gratificación
del consumidor, esto es, en la fuente dominante del cambio, desde
una matriz gestora ajena o externa a la política de proximidad.
Tecnología sin cultura tecnológica no sólo
no produce modernización, sino que puede convertirse en un
agente paralizante, en una especie de ‘botellón tecnológico’,
como aberración marginal de la mediación.
Cuando el mercado se impone en las políticas activas de modernización,
la lógica expansiva de aquél genera efectos de exclusión
social que desbaratan en parte los objetivos de transformación
cultural. La permeabilidad de la diseminación tecnológica
a través de circuitos definidos por la capacidad de compra
de los usuarios, independientemente del lugar donde se ubiquen,
abre una sombrilla que alberga, en condiciones de ‘primer mundo’,
conurbaciones virtuales transitadas por quienes, en California o
Bolivia, puedan pagar la entrada en la red. Ésa es la irreprochable
lógica del mercado, pero no necesariamente de las políticas
de convergencia y modernización, llamadas a una más
amplia redistribución del conocimiento o a la remoción
de los retardos tecnológicos y culturales.
Al contrario de lo que ocurre con ciertos planteamientos difusionistas,
que crean estados de opinión favorables a la recepción
de los nuevos usos tecnológicos, especialmente en naciones
en vías de desarrollo, puede ocurrir que, en sociedades más
evolucionadas, donde la tecnología alcanza consumos amplios
o masivos, los consumos culturales derivados de esas nuevas prácticas
de comunicación en el entorno digital muestren realidades
asimismo bien diferenciadas, del mismo modo que, salvando las distancias,
se daba entre las grandes salas de cine de estreno y las de los
barrios periféricos. El número de usuarios no es,
en términos culturales, tan determinante como el tipo de
consumo que se hacen 3
.
|