| El panorama
de los medios en Andalucía no ha experimentado cambios significativos
desde 1999, año en el que se publicó una primera edición
de este estudio 1,
lo que no supone, sin embargo, que la comunicación y las
prácticas mediáticas se aparten de las pautas generales
que definen el actual período de transición tecnológica.
Conviene situar la realidad regional en un contexto más amplio,
ya que las transformaciones en el sistema de medios están
muy relacionadas con estímulos externos propios de la que,
en términos ideológicos más amplios y globalizadores,
se define como sociedad de la información o del conocimiento.
El nuevo escenario se construye con ingredientes argumentales, de
naturaleza política, más consistentes que los exteriorizados
en una primera y menos tecnologizada proyección de la era
postindustrial, conocida como la ‘sociedad del ocio’.
Sin embargo, a pesar de la mayor proyección del modelo, las
manifestaciones emergentes del nuevo paradigma se caracterizan por
atender preferentemente la parcela del ocio masivo. El análisis
de los bienes y servicios de comunicación descubre que éstos
están trazados, en buena medida, por una lógica mercantil
que desarrolla sus líneas de negocio en torno al que podríamos
definir como ocio tecnológico (audiovisual, internet, telefonía,
etc.).
Las industrias culturales y mediáticas aparecen aquí
como proveedoras de contenidos, como fabricantes y distribuidores
de nutrientes, como constructoras de modas en el proceso dinámico
de asentamiento de la nueva cultura tecnológica. Pero, a
diferencia de etapas anteriores, donde negocios y mercados estaban
sujetos a controles en la esfera administrativa de las naciones,
incluidos los de carácter ético, la actual impregnación
tecnológica, muy dinámica en la evolución de
sus estándares, relega a un segundo plano aquellas consideraciones
‘locales’ de naturaleza cultural, social, etc. Ahora se entroniza,
como razón del discurso político, la arrolladora dialéctica
del binomio tecnología-progreso –motor ideológico
de la globalización-, cuyos efectos son determinantes en
los nuevos usos comunicativos y mediáticos.
La tecnología, las infraestructuras, los estándares,
las redes, las ‘antenas’ 2
se convierten en el tornado que arranca del plano social el carácter
más cívico, democrático, socializador de los
medios y lo desplaza hacia una dimensión externa, menos gobernable,
más mercantil y menos política. Este es el riesgo
derivado de la interesada confusión de estructuras tecnológicas
y estructuras de contenidos, dos planos perfectamente diferenciados,
que se presentan como un todo, en el que la tecnología gobierna
la administración de los contenidos. La absorción
de la comunicación –los contenidos- por la tecnología
–las infraestructuras de comunicación- determina el predominio
de la moda tecnológica sobre la innovación social.
La innovación tecnológica, que, cada vez más,
tiene un carácter estándar y universal, globalizador,
esteriliza en buena medida la innovación social-local, que
es expresión no sólo de la diversidad, sino de la
sociedad civil, de la vida democrática.
Una
aceptación ciega de la moda tecnológica puede
suponer una renuncia a la autonomía de la voluntad
política o la sustitución ortopédica
de los instrumentos públicos de los que la sociedad
se dota en democracia. |
Aunque, en términos teóricos, son
numerosos los autores que reflexionan acerca de los alcances políticos
del proceso de desregulación universal, esto es, del predominio
del neoliberalismo económico travestido con blindaje tecnológico,
sorprende la pobreza de la escena política en recursos argumentales
generadores de nuevas interpretaciones y modelos de pacto social.
Los poderosos mecanismos de seducción de una tecnología
‘inteligente’, con un poder de transformación real e inmediato,
parecen haber alcanzado a la praxis política, ya que, desde
posiciones que pudieran definirse como ‘conservadoras’ y ‘progresistas’,
se repite aquí y allá, sin matizaciones, “que no es
posible perder el tren de las nuevas tecnologías”, cifrando
en esta afirmación el objetivo más visible del mito
de la modernidad.
Todo parece indicar que la actual crisis de identidad del pensamiento
socialdemócrata radica en la aceptación acrítica
de la moda tecnológica como pauta determinante de progreso.
Esto es, la adhesión a una expresión de progreso íntimamente
ligada a valores de mercado, no sujeta a instancias de control político.
La novedad está más en la inducción comercial
de las grandes firmas tecnológicas de equipos y software
que en la aplicación de la literatura enunciativa de los
programas políticos. Aquí se aprecia esa simbiosis
que, de forma tan diáfana, se da en el terreno de las industrias
mediáticas, donde, en muchas ocasiones, los estándares
tecnológicos, que no dejan de ser una expresión económica,
condicionan y dirigen la matriz social y cívica de los contenidos,
que son los que crean opinión pública, esto es, los
nutrientes de la sociedad civil. Una aceptación ciega de
la moda tecnológica, que cuenta con extensiones gratificantes
y retóricas tan atractivas como las que definen la ‘sociedad
del conocimiento’, puede suponer la renuncia, en parte, a la autonomía
de la voluntad política o la sustitución ortopédica
de los instrumentos públicos de los que la sociedad se dota
en democracia.
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