Primera parte del libro de Bernardo Díaz Nosty, Los medios y la modernización de Andalucía, Eds. Tiempo, Madrid, 2002 (ISBN: 84-930909-6-4).
 
1.1. Introducción

El panorama de los medios en Andalucía no ha experimentado cambios significativos desde 1999, año en el que se publicó una primera edición de este estudio 1, lo que no supone, sin embargo, que la comunicación y las prácticas mediáticas se aparten de las pautas generales que definen el actual período de transición tecnológica.
Conviene situar la realidad regional en un contexto más amplio, ya que las transformaciones en el sistema de medios están muy relacionadas con estímulos externos propios de la que, en términos ideológicos más amplios y globalizadores, se define como sociedad de la información o del conocimiento. El nuevo escenario se construye con ingredientes argumentales, de naturaleza política, más consistentes que los exteriorizados en una primera y menos tecnologizada proyección de la era postindustrial, conocida como la ‘sociedad del ocio’.
Sin embargo, a pesar de la mayor proyección del modelo, las manifestaciones emergentes del nuevo paradigma se caracterizan por atender preferentemente la parcela del ocio masivo. El análisis de los bienes y servicios de comunicación descubre que éstos están trazados, en buena medida, por una lógica mercantil que desarrolla sus líneas de negocio en torno al que podríamos definir como ocio tecnológico (audiovisual, internet, telefonía, etc.).
Las industrias culturales y mediáticas aparecen aquí como proveedoras de contenidos, como fabricantes y distribuidores de nutrientes, como constructoras de modas en el proceso dinámico de asentamiento de la nueva cultura tecnológica. Pero, a diferencia de etapas anteriores, donde negocios y mercados estaban sujetos a controles en la esfera administrativa de las naciones, incluidos los de carácter ético, la actual impregnación tecnológica, muy dinámica en la evolución de sus estándares, relega a un segundo plano aquellas consideraciones ‘locales’ de naturaleza cultural, social, etc. Ahora se entroniza, como razón del discurso político, la arrolladora dialéctica del binomio tecnología-progreso –motor ideológico de la globalización-, cuyos efectos son determinantes en los nuevos usos comunicativos y mediáticos.
La tecnología, las infraestructuras, los estándares, las redes, las ‘antenas’ 2 se convierten en el tornado que arranca del plano social el carácter más cívico, democrático, socializador de los medios y lo desplaza hacia una dimensión externa, menos gobernable, más mercantil y menos política. Este es el riesgo derivado de la interesada confusión de estructuras tecnológicas y estructuras de contenidos, dos planos perfectamente diferenciados, que se presentan como un todo, en el que la tecnología gobierna la administración de los contenidos. La absorción de la comunicación –los contenidos- por la tecnología –las infraestructuras de comunicación- determina el predominio de la moda tecnológica sobre la innovación social. La innovación tecnológica, que, cada vez más, tiene un carácter estándar y universal, globalizador, esteriliza en buena medida la innovación social-local, que es expresión no sólo de la diversidad, sino de la sociedad civil, de la vida democrática.

Una aceptación ciega de la moda tecnológica puede suponer una renuncia a la autonomía de la voluntad política o la sustitución ortopédica de los instrumentos públicos de los que la sociedad se dota en democracia.

Aunque, en términos teóricos, son numerosos los autores que reflexionan acerca de los alcances políticos del proceso de desregulación universal, esto es, del predominio del neoliberalismo económico travestido con blindaje tecnológico, sorprende la pobreza de la escena política en recursos argumentales generadores de nuevas interpretaciones y modelos de pacto social. Los poderosos mecanismos de seducción de una tecnología ‘inteligente’, con un poder de transformación real e inmediato, parecen haber alcanzado a la praxis política, ya que, desde posiciones que pudieran definirse como ‘conservadoras’ y ‘progresistas’, se repite aquí y allá, sin matizaciones, “que no es posible perder el tren de las nuevas tecnologías”, cifrando en esta afirmación el objetivo más visible del mito de la modernidad.
Todo parece indicar que la actual crisis de identidad del pensamiento socialdemócrata radica en la aceptación acrítica de la moda tecnológica como pauta determinante de progreso. Esto es, la adhesión a una expresión de progreso íntimamente ligada a valores de mercado, no sujeta a instancias de control político. La novedad está más en la inducción comercial de las grandes firmas tecnológicas de equipos y software que en la aplicación de la literatura enunciativa de los programas políticos. Aquí se aprecia esa simbiosis que, de forma tan diáfana, se da en el terreno de las industrias mediáticas, donde, en muchas ocasiones, los estándares tecnológicos, que no dejan de ser una expresión económica, condicionan y dirigen la matriz social y cívica de los contenidos, que son los que crean opinión pública, esto es, los nutrientes de la sociedad civil. Una aceptación ciega de la moda tecnológica, que cuenta con extensiones gratificantes y retóricas tan atractivas como las que definen la ‘sociedad del conocimiento’, puede suponer la renuncia, en parte, a la autonomía de la voluntad política o la sustitución ortopédica de los instrumentos públicos de los que la sociedad se dota en democracia.

 
1 Díaz Nosty, B., La comunicación en Andalucía, 1999. Situación y tendencias, Eds. Tiempo, Madrid, 1999.
2 En el Informe anual de la comunicación 2000-2001, (Eds. Tiempo, Madrid, 2001) definíamos el “síndrome del antenista” como la inarmónica actividad de ciertas administraciones que instalan infraestructuras tecnológicas audiovisuales, como signo de modernidad o progreso, y abandonan la producción de contenidos, con la consiguiente anulación del efecto innovador.