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El estudio de los efectos sociales de los medios tiene una larga
tradición en diversas disciplinas científicas –sociología,
sicología, filología, comunicación, etc.-,
y aun cuando todas ellas revelan consecuencias determinantes en
la socialización de los individuos, la creación de
opinión, la inducción de modas, etc., son frecuentemente
ignorados, descuidados o soslayados por los responsables políticos.
Ignorancia o aprovechamiento, ya que es, probablemente, la creencia
excesiva en los efectos de los medios la que lleva al usufructo
de los mismos, mediante la conversión de las estructuras
públicas en instancias gubernamentales, un fenómeno
que, significativamente, sólo se produce en el campo de los
medios, porque la enseñanza y la medicina públicas,
por ejemplo, no sufren tan directamente la influencia gubernamental.
La radiografía de los medios en Andalucía descubre
que las estructuras de propiedad privada son externas a la comunidad
autónoma; que los consumos de los medios escritos y de la
lectura en general se alejan de los valores medios de las estadísticas
culturales de España; que hay un predominio de los estímulos
audiovisuales; que los medios definen sus agendas con valores generalmente
localistas, que a veces colisionan con sus vecindades más
próximas, sin que sean significativas las visiones integradoras
de los intereses del conjunto de la sociedad; que no existen políticas
públicas tendentes a crear estructuras de conocimiento que
contribuyan a mejorar las condiciones culturales de la región;
que el desarrollo de los medios locales, en el campo de la radio
y la televisión, está sentando las bases de una estructura
muy degradada de comunicación, que aparece generalmente aliada
con valores e intereses que no favorecen el avance de los núcleos
de población más atrasados.
La
aberración conceptual que legitima la pobreza del audiovisual
público -'se da lo que la gente quiere'-, supone tanto
como condenar al atraso y la incultura a su sociedad, que
equivale a negar toda idea de modernización. |
Éste es el amplio campo de aplicación de las políticas
de las Administraciones públicas, a no ser que un tácito
escapismo, o complicidades de gratificación recíproca
entre políticos y emisores, relegue a las fuerzas del mercado
aspectos tan relevantes como los relacionados con la socialización
cívica, la identidad cultural y la imagen y capacidad de
interlocución de una comunidad.
Lo más preocupante es observar cómo, en ocasiones,
los representantes políticos, cuando se ven obligados a defender
la televisión pública, hacen manifestaciones que exteriorizan
una profunda ignorancia acerca de los medios y de su papel como
agente de cambio, y defienden las programaciones más degradadas
en sus valores culturales y sociales como una forma de atender a
la demanda 66. Esta
aberración conceptual supone, en ocasiones, tanto como la
legitimación del atraso y la incultura, esto es, la entronización
del mal gusto y la falta de imaginación como primer nutriente
de la opinión pública, a la vez que renunciar al más
poderoso resorte para la modernización de la sociedad. |