Primera parte del libro de Bernardo Díaz Nosty, Los medios y la modernización de Andalucía, Eds. Tiempo, Madrid, 2002 (ISBN: 84-930909-6-4).
 
2.3. El hecho diferencial


La ausencia de políticas informativas expresas parece una constante en la España democrática. Y no se quiere decir con ello que, en la práctica, no se adviertan expresiones de políticas de información y comunicación, ya que la misma declaración de principios “la mejor política de información es la que no existe”, formulada ya en 1983, es un verdadero vivero ideológico extraño a los cultivos del resto de las expresiones socialdemócratas del sur de Europa 55. Sin duda, se trata de una manifestación de hermanamiento con posiciones que parecen heredadas de las mantenidas por Estados Unidos durante su contencioso en el seno de la Unesco, contestadas en el informe McBride de 1980 56. El largo debate dialéctico sobre el “libre flujo” de la información arranca en Estados Unidos con el final de la SGM y viene a reducir el intercambio de información, ideas y productos culturales a las reglas del mercado.
Tal vez sea en América Latina, como ya se ha visto, donde, con mayor nitidez e intensidad, se hayan formulado, incluso desde posiciones ideológicas contrapuestas, la necesidad de las políticas informativas como instrumentos de desarrollo, tanto para mejorar las condiciones culturales, como para estimular cambios de hábitos tendentes a una integración económica en términos de estructuras sostenibles, pero también como mecanismo para el asentamiento de la cultura democrática.
En España, se elude el debate bajo la demonización de las políticas de información y comunicación porque se ven en ellas resabios intervencionistas, y en ningún caso su dimensión real como garantes del derecho a la información y del pleno ejercicio de la libertad de expresión 57. La teórica ausencia de políticas informativas se salda con dos vías de acción en la que priman:

a) El desarrollo estrictamente mercantil del sistema de medios, no sólo por la expansión de la estructura de propiedad privada al conjunto de los sectores de la información y de la comunicación, sino por la ausencia de mecanismos democráticos garantizadores de los derechos de la sociedad en los procesos de comunicación. Ese carácter se acentúa especialmente por la ausencia de un referente público –un modelo público audiovisual, por ejemplo-, determinante en otras naciones en la definición de estándares de calidad en el conjunto del sistema.

b) La adhesión incondicional a la panacea tecnológica, que se convierte en un 'leitmotiv' de seducción política, en virtud de la cual se sobredimensiona el papel de la innovación. Es el que se conoció, a comienzos de los noventa, como el triunfo de la “cultura de Telefónica” sobre la presidencia del Gobierno 58. Esta postura representa, asimismo, la asunción de la llamada filosofía tecnológica como discurso de acompañamiento político, en un tiempo de significativa contención ideológica.

 

 

 

 

 

 


La ausencia de un referente nacional ha debilitado y hasta esterilizado el nacimiento de políticas autonómicas, salvo en aquellos casos donde los procesos de autoafirmación o recuperación de los llamados ‘hechos diferenciales’ –lingüísticos, culturales, etc.- llevaron a fortalecer el proyecto político a través del sistema público de medios: Cataluña, País Vasco y Galicia, fundamentalmente.

A los doce años de su creación, la RTVA no ha generado una industria innovadora y con proyección externa, ni ha contribuido significativamente al desarrollo de la cultura democrática y la participación social.

En el caso andaluz, el proceso autonómico no se asienta en consideraciones diferenciales sobre el conjunto del Estado, sino en la creación de una estructura de gestión próxima a los ciudadanos, capaz de recabar los recursos necesarios para sacar a Andalucía de su secular atraso. Además, se insiste, al menos en términos enunciativos, en la necesidad de vertebrar políticamente la comunidad.
Para lograr estos objetivos no se contemplan, desde el campo de la comunicación, políticas públicas, sino que parecen cifrar todas las esperanzas y esfuerzos en la creación, a finales de los ochenta, del ente público RTVA. La experiencia de la radio y televisión públicas confirma, en la práctica, la inexistencia de tales políticas y advierte malformaciones en el modelo de servicio público, similares a las que se apreciaron en otras estructuras de ámbito estatal.
A los doce años del nacimiento de la RTVA, es difícil evaluar en qué medida ha contribuido a la pretendida vertebración y desarrollo integral del territorio. No se ha creado una verdadera industria audiovisual que se corresponda con la talla demográfica de Andalucía, capaz de exportar contenidos con calidad y con personalidad propia diferencial. Tampoco ha servido para impulsar un proyecto de desarrollo de la cultura democrática, de solidaridad y participación. Y, desde luego, no se puede afirmar que el ente público haya paliado las carencias culturales de la comunidad, sino que, más bien por el contrario, muchos de sus programas de mayor audiencia han sido el baluarte de numerosos tópicos arcaizantes que aún recrean la imagen de Andalucía.
Los perfiles de consumo de Canal Sur ponen de manifiesto cómo entre 1996 y 2000, años en los que el sistema autonómico ha incrementado en un 50 por ciento sus presupuestos, se ha producido un desplazamiento hacia públicos más rurales, de mayor edad y menor formación cultural, y no como consecuencia de una estrategia de aproximación trazada desde criterios de servicio al progreso de estos sectores de la comunidad, sino por la identificación entre el bajo perfil cultural de la emisora y el de su audiencia.
Es difícil, a la vista de los valores que exhibe Canal Sur, advertir rasgos convincentes de las políticas de modernización que, con frecuencia, enuncia el Gobierno andaluz, tal vez para sacudirse las críticas de los sectores más dinámicos de la sociedad.

 
55 “Este principio ha sido útil para oponerse a la censura, al autoritarismo y al paternalismo que ahogan la creatividad social. Pero aplicarlo no sólo a la creación sino al conjunto de los procesos de circulación de bienes culturales implica dejarlo liberado a las determinaciones de los actores más poderosos” (García Canclini, Néstor, La globalización imaginada, Paidós, Barcelona, 1999, pág. 189.
56 MacBride, Sean (dir.), Un solo mundo, múltiples voces, Unesco-Fondo Cultura Económica, México DF, 1980.
57 En Europa, las políticas de información y comunicación están destinadas a la salvaguarda de los derechos democráticos, esto es, a evitar que la desregulación invada, en términos de libertades públicas, espacios constitucionales centrales en la noción del Estado de derecho. En esta línea cabe reseñar la creación de consejos y altas autoridades del audiovisual, o la misma y contemporánea acción autorreguladora de editores y periodistas de gran parte de Europa a través de los consejos de prensa, códigos éticos, defensores de los usuarios de los medios, etc.
58 Esta tensión tuvo su eco en el seno Fundesco, fundación dependiente de Telefónica, donde se observó la exclusividad de interlocución con La Moncloa del núcleo de ingenieros y tecnólogos, con una nula incidencia de la visión y pensamiento de los comunicadores, más entroncados con los problemas de la cultura, la sociedad civil, los efectos de las nuevas extensiones tecnológicas de los medios, la mercantilización de la comunicación, etc.