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El fenómeno de internet se desarrolla en Andalucía,
en términos de población usuaria, con menos distancias
de los valores medios nacionales de lo que reflejan consumos como
la prensa o la lectura de libros. En 2001, la comunidad andaluza,
con 18,2 por ciento de usuarios 112,
sólo 1,8 puntos por debajo de la media nacional, superaba
a comunidades como Aragón (18,1), Navarra (17,3), Castilla
y León (16,0), Galicia (14,6), Extremadura (14,0) y Castilla-La
Mancha (12,3), y estaba a menos de un punto de Canarias y Cantabria,
ambas con el 19,1 por ciento de usuarios, y Murcia (18,5). Se trata
de una realidad esperanzadora, que refleja, en buena medida, el
carácter generacional que tiene el uso de la red, donde se
marca una menor distancia entre las prácticas culturales
de los jóvenes andaluces con los de otras regiones de España.
En tan sólo un año, entre 2000 y 2001, Andalucía
ha incrementado en 8,1 puntos el porcentaje de usuarios, mientras
que el conjunto nacional lo ha hecho en 7,8 puntos. En los valores
de 2001, cinco provincias andaluzas aparecen entre las veinte primeras.
Destaca Sevilla (20,8), que supera en una décima a Granada
(20,7), demarcación esta última que había liderado
el ranking autonómico en los tres años anteriores.
Sevilla y Granada ocupan los puestos 11 y 12 entre las provincias
de España, respectivamente, y Málaga (19,1), igualada
con Cantabria, se sitúa en el 17. Almería (18,4) y
Cádiz (18,2) aparecen también entre las 20 primeras.
De esta relación se descuelga hasta la posición 48,
sólo por delante de Ávila y Cuenca, la provincia de
Jaén (9,6) 113.
Cuestión distinta a la de los usuarios es la de los usos,
si bien esa percepción cualitativa de los valores culturales
de la red no se advierte en las encuestas básicas. El acceso
al nivel de 'sociedad de la información' no lo dan tanto
el número de máquinas conectadas y la población
aplicada, que son una condición necesaria, como el tipo y
el tiempo de los consumos, el nivel de interacción y el grado
de retorno creativo al espacio virtual del conocimiento.
Se observa, en este desarrollo de los nuevos medios, más
un fenómeno espontáneo, de recepción natural,
que el efecto de una política de innovación tecnológica
con proyección social o cultural. No es posible aún
detectar cuál es el nivel de interlocución de Andalucía
a través de la red, pero, sin duda, en una comunidad donde
la primera industria es el turismo y el desarrollo de los servicios,
internet, como instrumento de información, comunicación
y mercado, puede provocar resultados encontrados. O bien ser la
expresión propia de la oferta de bienes y servicios, o convertirse
en la guía externa de quienes, tras el desarrollo de interfaces
comunicativas, buscan exteriorizar o gestionar a distancia buena
parte de los flujos económicos de la zona.
En el campo de las tecnologías, en 2001 se anunció
la puesta en marcha del Programa Andaluz de Tecnologías de
la Información y la Comunicación (PATIC 2001-2003)
capaz de “situar Andalucía en los próximos dos lustros
a la cabeza del uso de las Tecnologías de la Información,
pues siendo una región periférica, es necesario intensificar
su uso para equilibrar los problemas derivados de estos factores
geográficos” 114.
En
tçerminos de población usuaria, el fenómeno
de Internet se desarrolla en Andalucía con escasa distancia
de los valores medios nacionales, a diferencia de lo que ocurre
con otros consumos culturales y mediáticos más
deprimidos. |
En el plano educativo, cultural y, en general, en el de la gobernabilidad
y articulación del territorio, internet ofrece nuevos instrumentos
de cohesión, que, por la propia naturaleza estratégica
del medio/soporte, propende a la globalización de lo homogéneo,
a contrapesar los localismos dominantes. “Por razones de afinidad
geográfica e histórica, o de acceso diferencial a
los recursos económicos y tecnológicos, lo que llamamos
globalización muchas veces se concreta como agrupamiento
regional (...) Las afinidades y divergencias culturales son importantes
para que la globalización abarque o no todo el planeta, para
que sea circular o simplemente tangencial” 115.
Aquí, como en otros aspectos de la comunicación, se
aprecian debilidades estratégicas y, por consiguiente, son
necesarias políticas activas capaces de armonizar la espontaneidad
del desarrollo mercantil de los nuevos usos con las necesidades
de innovación social y articulación territorial de
Andalucía.
El análisis diacrónico de las prácticas comunicativas
y consumos culturales de los jóvenes andaluces 116
revela que los elementos de matriz global –valores culturales estándares-
dominan sobre los autóctonos; esto es, sobre aquellos en
los que podría asentarse un vago concepto de cultura andaluza,
muy condicionado, paradójicamente, por expresiones mediáticas
que, en la mayoría de los casos, no son andaluzas. El proceso
de estandarización cultural es común al resto de las
comunidades, pero la respuesta local es, sin embargo, muy distinta.
Hay razones suficientes para fundamentar la hipótesis de
que los jóvenes catalanes, pese a la fuerte impronta de la
cultura global, tienen más argumentos conservacionistas de
su propia identidad.
Los valores culturales que ha exhibido la RTVA –la insistencia en
el ente está estrechamente ligada, precisamente, a su carácter
público y a su diáfana filosofía fundacional-
a lo largo de los últimos años ha servido, en ocasiones,
como baluarte de los tópicos más arcaizantes del imaginario
andaluz y, por ello, ajenos y hasta contrarios a una visión
integral de progreso o modernidad, por emplear dos conceptos tan
ambiguos como significantes. Desde estas posiciones, es difícil
crear un contrapeso regional a los vectores culturales que empujan
hacia los valores dominantes de la cultura globalizada, ya que aquí
lo local exhibe rasgos de pobreza y obsolescencia a los ojos de
las nuevas generaciones. En una síntesis simplista e injusta,
pero efectiva y gráfica, se puede decir que muchos jóvenes
andaluces deambulan entre pobreza argumental del imaginario local
y la “gran cultura del botellón” 117.
La regeneración del discurso político de Andalucía
pasa también por la regeneración de su discurso mediático,
especialmente en el ámbito de los medios públicos;
por la creación de un proyecto cultural sostenible. En definitiva,
por la construcción de referentes de innovación social
y cultural, por el ensanchamiento del espacio público de
la sociedad civil andaluza. Parece difícil concebir la convergencia
de Andalucía con el resto de España sin un proyecto
político que ponga el acento en la fuerza motriz de la cultura,
por mucho que ya se haya recorrido en la modernización de
la comunidad autónoma.
Pero hay una constatación ya observada en los últimos
veinte años. La mejora de las infraestructuras no es suficiente
para la generación de nuevos recursos, para el desarrollo
de una economía capaz de mantener un ritmo de convergencia.
La salida del subdesarrollo no produce automáticamente modernización.
La modernización parece estar más en el ámbito
de las ideas, para que el crecimiento económico no se exprese,
a través de las inercias del viejo imaginario andaluz, en
grandes núcleos urbanos de mentalidad rural, escasamente
permeables al esfuerzo y la tensión del progreso. Y en la
ruptura de la inercia autocomplaciente y en la creación de
las expectativas por las que compitan los nuevos andaluces, además
de la inversión en formación y en la formación
de los formadores, cumple a los medios públicos adquirir
el valor de referencia o liderazgo, 'difusionistas' del modo de
entender la vida en la llamada sociedad del conocimiento, esto es,
sobre los rasgos que definen las mentalidades abiertas al progreso
económico y social 118.
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